Saturday, August 08, 2009

Los críticos también lloran (homenaje a Bolaño)




Ya se llame conferencia, presentación o mesa redonda, el formato basado en relatar ideas frente a un público está hoy más vivo que nunca. La explosión espectacular del número de festivales, simposios y jornadas, o su uso en el ámbito académico o corporativo, la ha convertido un acto de comunicación cotidiano. Pero el género está cambiando; las mesas redondas se están convirtiendo en un acto cada vez más performativo y teatral.

Los Críticos también lloran se plantea como una reflexión lúdica sobre el nuevo rol del escritor como figura mediática. Su presencia, debido a su obra, es ahora más importante que ésta. Extraña paradoja: el escritor, para crear, necesita de la soledad; para vender, requiere una multitud. Los autores se han convertido en performers. Y cuanta más capacidad oral y de divertimento tenga un escritor, con más frecuencia será invitado a un festival. ¿Es más importante la personalidad que la obra? El escritor, ¿hace parte de la literatura o del mundo del espectáculo?

En Los Criticos también lloran se reúnen cuatro escritores: Jordi Carrion (España), Margarita Posada (Colombia), José Tomás Angola y Leo Campos (Venezuela) en una mesa redonda. En teoría, van a debatir sobre la obra de Roberto Bolaño, en la práctica lo que van a hacer, sin moverse de la mesa, es representar un texto del autor chileno, asumiendo al papel de los críticos de la primera parte del 2666.

Dirigida por Marc Caellas, se presentó el 2 de julio de 2009 en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá (Colombia) y el 10 de julio de 2009 en la Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, en Mérida (Venezuela).


Tuesday, April 07, 2009

Cenizas escogidas


Sacado de Público: http://www.publico.es/culturas/216743/cenizas/escogidas/rodrigo/garcia/papel


Han pasado muchas cosas desde que aquel joven de 23 años de edad empezase a hacer teatro, en 1986. Ahora tiene 45, pero algo no ha cambiado: "Lo que quiero es complicar las cosas lo más posible al espectador y no caer en lo didáctico", cuenta a este periódico el dramaturgo Rodrigo García en su hábitat natural, los aeropuertos.
"Sé que genero un ambiente tenso, pero mi trabajo es crear una ficción y si llegan a pensar que lo que pasa en el escenario es real y es una tortura es que no tienen ni puta idea de lo que es una tortura", explica Rodrigo, que regresa de Polonia de recoger su Premio Europa Nuevas Realidades Teatrales, el máximo reconocimiento internacional del sector. Aunque él le da un valor relativo: "Los premios son cuestiones periféricas".
La entrega coincide con la publicación estos días de Cenizas escogidas (editorial La uña rota), todos los textos teatrales que el autor ha creado en estos más de 20 años. Entre ellos se recoge, por supuesto, Accidens. Matar para comer, la pieza que le trae de cabeza por matar y asar en directo un bogavante. "Me he frenado más en el teatro político. No podía seguir por ese camino. Ahora exploro un universo más íntimo en obras como Versus y Arrojad las cenizas sobre Mickey. Eso sí, sin olvidar lo social y el humor", resume en la búsqueda de su "propia caligrafía".
La edición de todos sus trabajos llega oportunamente para tapar un agujero patrio por el que se cuela sistemáticamente todo lo que produce Rodrigo García en el extranjero y es depauperado en España.
"He conocido a personas que han comprado mis libros en francés para traducirlos al castellano. ¡Dios mío!", cuenta vehemente el autor de Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo, que lamenta que todavía haya gente que le conozca como "un tipo que le hace cosas raras a los animales". "Se está perdiendo la necesidad de profundizar".

Friday, November 14, 2008

Artículo de Rodrigo García en El Cultural


Para recortar


Hay una fotografía de Lucio Fontana en su estudio –en realidad hay muchas fotografías de Fontana trabajando– que me gusta especialmente. Se ve un lienzo blanco, enorme, montado sobre un caballete al fondo del atelier y en primer plano aparece un brazo de Fontana, solamente un brazo en camisa blanca con el puño un poco arremangado y en la mano, bien apretada, va la cuchilla abierta. Fontana está a punto de entrar a matar a esa tela inofensiva –aunque en la foto la tela parece que respira agitada–. En realidad va abrirla y darle vida. Está a un tris de rajar el cuadro y abrir otra dimensión espacial en la tela y también en el arte de pintar cuadros. Por pincel, lleva un puñal.El cúter en la mano de Fontana es un objeto delicado que no oculta sin embargo todo su potencial dramático: está hecho para rajar, herir, desangrar, crear. No hay que hacer un esfuerzo para llegar incluso a oír en esa foto el traqueteo de la hoja deslizándose hacia fuera, si atendemos a la posición de la mano del artista. Hay una actitud a la hora de hacer obras de teatro que se asemeja a esa fotografía. Al menos yo lo veo así esta tarde, que me siento a redactar un encargo: contar algo de mi trayectoria como creador de piezas escénicas.Hay obras de teatro que se hacen con pinceles y paletas de colores pastel y en las antípodas están las que se hacen con objetos punzantes. Y hay, sobre todo, trayectorias de artistas que han elegido una u otra herramienta o alguna de las tantas que habitan en el centro de esta dicotomía que planteo: de un lado el teatro para divertir, sorprender, agradar –lo llamo el teatro callado–, enfrentado al teatro que, crispado ante el estado de las cosas, responde. Me da lo mismo que llaméis político a ese teatro. Para mí se trata de poéticas, porque cada creador ha encontrado su manera particular de expresar su malestar y su esperanza, y ha puesto manos a la obra para edificar sobre el barrizal y en la tormenta. Supongo que esto último es lo más parecido al teatro original, que se ocupaba de los asuntos que inquietaban a los ciudadanos de la Grecia antigua, calaba en las almas y enaltecía la poesía.Es significativo que sea precisamente esta concepción del teatro la que España menosprecia, oculta y ningunea. Mujeres y hombres como yo, con una trayectoria parecida y similar visión del trabajo –social– del artista, hay a montones en nuestro país y lo sorprendente es que detrás, terca, llega la nueva generación insistiendo en lo mismo, tal vez por no haberse percatado de nuestro fracaso.La gente de mi generación maduramos el fracaso desde finales de los años ochenta hasta ahora, porque hemos conseguido un público fiel, exigente, ansioso por ver “qué diremos en la siguiente pieza”, impacientes por debatir y al mismo tiempo no supimos hacer entender a los gestores culturales que nuestras caligrafías eran necesarias.A la par, el fracaso de los teatros nacionales en España fue escandaloso: difícil encontrar en ningún rincón de Europa programaciones tan conservadoras y deficientes. Parece que los gestores culturales se han ocupado de proteger a los ciudadanos de un teatro diferente sólo porque era diferente. Si usted quiere ver una tela rajada a cuchilla, vaya a verla a un espacio alternativo, te dicen en España. Si en cambio usted quiere ver un cuadro figurativo generalmente mal pintado, tiene toda una red de teatros públicos y centros culturales que dependen de cargos políticos que compran para sus pintores de corte todos los pomos color pastel hasta agotar existencias.Metiéndome donde no me llaman y sin el permiso de nadie, me hago portavoz durante los diez o quince minutos que dure la lectura de esta página, de tantos creadores teatrales amigos, conocidos o simplemente admirados desde mi posición de espectador, por mi calidad de excepción. Tuve, por azar, la posibilidad de mostrar las mismas obras ninguneadas por las instituciones y los grandes teatros en España, en los festivales más prestigiosos del mundo. Es de risa: cuando mi compañía representa a España en el Festival de Aviñón, por ejemplo, resulta que la producción es del Teatro Nacional de Bretaña o del Auditorio Nacional de Roma, y la ensayamos a tres mil kilómetros de nuestras casas. ¿Por qué digo esto? Porque los años pasan y la historia se repite. Hoy un artista joven que empieza, empieza igual de jodido que yo y mis compañeros hace una veintena de años.Nunca es tarde para arrancar las raíces podridas de nuestra política teatral y plantar algo acorde con el tiempo que vivimos y la tierra que tenemos, que es fértil aunque esté descuidada y pisoteada. Generalmente, los que cortan el bacalao metidos en despachos o salas de reunión, tienen una o dos secretarias que cada mañana despiezan con tijeras todos los periódicos del día, nacionales y regionales. Ellas recortan los artículos relacionados con su parcelita de poder y los sirven para que el que corta el bacalao eche una ojeada a los asuntos que le atañen y los manche de café. Digamos sin más rodeos que el objetivo de esta página es ser recortada por una secretaria y acabar en un despacho con un lamparón de grasa de cruasán.Suponiendo que esta hoja mutilada, separada brutalmente del cuerpo de la revista, está encima de la mesa y que su destinatario –el que corta el bacalao– ya ha llegado a este párrafo que vosotros leéis ahora, aprovecho para decir, antes que nada: amigo, para de cortar el bacalao, que no sabes. No te fíes de tus asistentes, que no saben. No te fíes de tus consejeros, que tampoco saben. No designes a dedo a nadie, que eso ya no se estila y que tú, insisto, de esto no sabes. Promueve foros. Compra más cruasanes, invita a café. Paga el Ministerio de Cultura. No es tirar el dinero. Forma consejos de pensadores y cuídate de incluir a tantos que tendrás que salir a comprar más sillas. Compra bastoncillos, hurga en tus orejas. Dale a cada uno la misma importancia. Que los de seguridad dejen entrar a todos, a pesar de presentarse mal vestidos y sin afeitar. También quiero que sepas que la cultura no son cifras exclusivamente, que la progresión de las ideas es insospechada y caprichosa. Busca soluciones en el debate plural, que tú no sabes de qué va este asunto. Sólo estás ahí para reunir ideas. Dale un sentido a tu salario. Eres importante. Tu silencio es muy importante. Que sepas escuchar es muy importante. Que tomes decisiones con conocimiento de la situación es muy importante. Como en la foto de Fontana, la tela está ahí esperando. El tiempo apremia.


Rodrigo GARCÍA

Tuesday, November 11, 2008

comentarios sobre la obra...


Tuesday, September 30, 2008

HABEROS QUEDADO EN CASA, CAPULLOS por Sandro Romero


Contra Escena
¡HABEROS QUEDADO EN CASA, CAPULLOS!.

25/09/08
Por:sandroromerorey

El domingo es el día de los guayabos maduros. E ir a teatro un domingo debe ser el equivalente a la antesala del infierno. Pero no. Cada vez más existe la posibilidad en Bogotá de ver obras escénicas el séptimo día, ideal para quienes estamos en temporadas artísticas durante la semana y no podemos disfrutar de lo que hacen nuestros colegas. Uno de esos espectáculos dominicales se ha venido presentando a lo largo del mes de septiembre de 2008, con un positivo “boca a boca”. Se trata de la nueva puesta en escena de Manuel Orjuela, compartiendo crédito de dirección con Marc Caellas: un particular divertimento titulado “¡Haberos quedado en casa, capullos!”, escrito por el español Rodrigo García. Una obra que no sucede en ningún espacio convencional, sino en un relajante “via crucis” por el Barrio La Macarena, el cual comienza en el patio de la Galería Valenzuela Klenner, continúa en el Bar “En Obra” y termina al frente y al interior del mismísimo apartamento del co-director Orjuela, situado en la Calle 25C con carrera 4ª.A, Apartamento 202. En Europa, este asunto se conoce como “Teatro en un Apartamento” y tiene bastante acogida entre las personas que quieren nuevas aventuras escénicas sin necesidad de sentarse en un palco de butacas. Orjuela ya se había internado en dicho tipo de experiencias en su destacada “Carta de una desconocida”, con un elenco femenino, a partir de textos de Stefan Zweig. En aquella ocasión el asunto lo denominaban “Teatro a domicilio” y fue una obra ampliamente difundida, la cual empezó presentándose en pequeñas habitaciones y terminó en temporadas nacionales e internacionales.

Ahora, el asunto es a otro precio con esta llamativa obra itinerante. Comenzamos con un monólogo femenino, interpretado con propiedad por la actriz Jimena Durán, a quien habíamos visto hace poco en la puesta en escena de “La muerte de un viajante” en el Teatro La Castellana. Frente a una niña que juega con una pelota (Valentina Monsalve), la actriz se dirige al público “como si fuera ella misma” y lanza una diatriba contra el orden del mundo y sobre el juego macabro de intercambiar las cabezas de los infantes. El público, que no supera la veintena de personas, mira, miramos, en silencio, entre sonrisas tímidas y callados acuerdos.

Quince minutos después, un guía nos invita a dirigirnos al Bar “En obra”, un par de cuadras adentro del corazón de La Macarena. Allí, algunos alcohólicos, trepidando por la resaca de la noche anterior, apuran un vaso de whisky, mientras comienza el segundo monólogo, en este caso el de la actriz Patricia Tamayo (acompañada por Margarita Hasbún), una mujer borracha que se baña en alcohol mientras le enumera a su supuesta madre todas sus desgracias. El resultado es impecable. Continuamos el recorrido. Apartamento 202. Nos acomodamos los espectadores, al borde del ventanal, mirando hacia la calle. El actor Carlos Gutiérrez, parado debajo de un árbol, grita hacia nosotros, hacia el edificio, como si fuera un borracho insoportable dándole cantaleta a una novia perdida. Pero no. Se trata de un borracho metafísico, que delira sobre la importancia de las palizas en los seres humanos. A juzgar por los resultados, se trata del bloque más hilarante y que tiene mejor complicidad con el público. El actor nos increpa, mientras pasan los carros, los ñeros y los transeúntes desconcertados.

Finalmente, nos damos media vuelta, nos sentamos en la sala del apartamento y allí somos testigos de los consejos que el actor Mario Duarte le da a su “hijo” Martín Fernández, quien no para de leer un libro, mientras su padre, bebiendo una lata de cerveza, lo insta a que trabaje y lo llena de sus propias experiencias, con ambiguas alusiones pornográficas. Duarte se va, el hijo lo sigue y, antes de perderse, el pequeño mira a los espectadores y nos insulta: “se hubieran quedado en casa, güevones”. Y chao. Aplausos cerrados.

No sé si “güevones” sea la mejor traducción de “capullos” al español (castellano, dicen en la península), pero el conjunto es muy agradable. ¿Hacia dónde va esta experiencia? Es un juego, sin lugar a dudas, pero es un juego muy bien escrito, con alta dosis de poesía “urbana”, con un concepto de puesta en escena que toma por sorpresa al público, lo saca de su neutral postura de espectador pasivo, y lo lleva a “compartir” un delirio que, a pesar de reconocer el artificio, se “vive” desde una perspectiva harto diferente.

Al final, concluimos que estamos viviendo fragmentos de un mundo interior desbaratado, de cuatro habitantes del universo que se dan contra las paredes para sobrevivir, en medio del humor, el caos, el absurdo y la desazón.

Luego de la temporada de “Simplemente el fin del mundo” de Jean-Luc Lagarce en la Casa del Teatro Nacional, el director Manolo Orjuela sigue con sus pesquisas, esperando que los juegos de la escena lo ayuden a entender una realidad que no tiene explicación.

En horabuena, capullo.

http://www.eltiempo.com/participacion/blogs/default/un_articulo.php?id_blog=3630999&id_recurso=450012736

HABEROS QUEDADO EN CASA, CAPULLOS artículo en El Tiempo

La Macarena se transforma en escenario teatral

Haberos quedado en casa capullos es un titulo tan español que no parece adecuado para una obra que palpita en uno de los espacios más representativos de Bogotá: el barrio La Macarena.

No es un montaje tradicional, ni siquiera sucede en una sala o escenario, sino que emerge de un recorrido por el sector y por cuatro monólogos que suceden en diferentes espacios. Una galería de arte, un bar, la calle y finaliza en la propia casa de uno de los directores del proyecto.

Unas 15 sombrillas aguardan durante la obra, que comienza todos los sábados y domingos desde la galería Valenzuela Klenner y sigue un recorrido (con guía y todo) para los primeros 30 afortunados que llegan a la cita.
"Como es una obra que camina, tenemos que estar listos para cualquier eventualidad como la lluvia", dice Mark Caellas, un español que hace seis meses llegó al barrio para llevar a cabo un proyecto cultural y terminó dirigiendo la obra junto a Manolo Orjuela.
"El nombre de esta puesta en escena tiene algo que ver con el barrio porque ahí mismo sucede que estás en casa, vas a ver alguna exposición, tomas algo en cualquier sitio y sigues para encontrarte en algún sitio con los amigos", agrega.
En este caso, se trata de la sala de Orjuela en la que no hay amigos cercanos sino público que ha logrado finalizar el recorrido.
'Haberos quedado en casa, capullos' se puede definir como un montaje es un espacio no convencional, una trama nómada regida por las reflexiones de cuatro personajes que caminan y ven a la cara a quienes lo siguen. La puesta en escena original es del dramaturgo español Rodrígo García.
En su versión colombo-española, se ve en la galería de arte a la actriz Ximena Durán, quien hace el papel de una madre que le habla a su hija de 8 años acerca de un juego mental de intercambiar las cabezas de sus compañeros.
Una metáfora acerca de la educación y la necesidad de pensar por sí mismo.
Sigue una caminata que termina en un bar en el que hay dos mujeres que tratan de exorcizar las presiones familiares con un par de tragos: a Patricia Tamayo y Margarita Hazbum, las protagonistas, les ha tocado hasta recibir licor de verdad de uno que otro asistente que se ha conectado mucho con la trama.
"Creo que esta obra se acerca a lo que en Italia llaman teatro de la persona, ese que se dirige al público como individuo y no como asamblea. Hay que lidiar con lo inesperado, pero se ve a los ojos de los espectadores. No hay oscuridad ni luces que esconden las miradas", comenta Caellas.
De la historia etílica de madre e hija se pasa a la de un loco que analiza el sentido de las peleas (palizas, como le dice Mark Caellas). El actor Carlos Gutiérrez se camufla en la piel de un habitante de la calle, que recalca que los puños también son una manera de dialogar.
El ciclo se cierra con el texto del actor Mario Duarte, el mejor amigo de Betty la Fea y ex vocalista de la banda de rock La derecha, que, como dato curioso, está viviendo su primera experiencia teatral en esta obra.
Duarte hace las veces de un padre que escucha la idea de su hijo de ocho años acerca de trabajar hasta los 15, para después disfrutar de la vida. Un final duro y con ciertos toques de humor negro que al final trata de redondear la idea de que los niños son como mercancías de sus padres. "Ese es el monólogo más largo", agrega el director español.
La obra va estar los fines de semana repitiendo ese recorrido hasta finalizar este mes, lidiando con los imprevistos, los carros que aparecen como accesorio a una escenografía de concreto y pavimento.

Sábados y domingos en los que se revela la fuerza que hacen sus dos directores (Orjuela y Caellas) para que no se tengan que abrir los paraguas en caso de lluvia, en una zona que como el título del montaje, hace referencia a España pero está clavada en el oriente bogotano.
A la obra se puede acceder en la galería Valenzuela Klinner (carrera 5 26 -28). Las boletas para los primeras 30 personas tiene un costo de 15 mil pesos.

Publicado el 16 de sept de 2008
ANDRÉS HOYOS V.CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

http://bogota.vive.in/enescena/bogota/articulos_teatro/septiembre2008/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR_VIVEIN-4531242.html

Thursday, September 18, 2008

HABEROS QUEDADO EN CASA, CAPULLOS! Entrevista Rodrigo García en El Espectador

http://www.elespectador.com/impreso/cultura/articuloimpreso-tras-pista-de-cuatro-monologos

Cultura 11 Sep 2008 - 9:35 pm
Tras la pista de cuatro monólogos

Haberos quedado en casa, capullos surgió como un encargo para un festival de teatro en España. Aprovechando que ese encuentro se desarrollaba en varios escenarios, Rodrigo García, el dramaturgo, quiso hacer un montaje que se viera por capítulos. Fue así como creó cuatro monólogos con un hilo conductor pero finalmente, según el mismo García, nunca resultó ser una historia continua.

Ahora en Colombia, un grupo de amigos actores, bajo la dirección de Manuel Orjuela y Marc Caellas, retoma este montaje. Ellos son Jimena Durán, Valentina Monsalve, Patricia Tamayo, Margarita Hasbún, Mario Duarte, Martín Fernández y Carlos Gutiérrez. Su versión de la obra se toma varios espacios del barrio La Macarena de Bogotá, donde hacen un recorrido con los monólogos que hablan sobre la familia, el trabajo, la educación entre otros temas de la sociedad. La obra se presenta los sábados y domingos de septiembre partiendo desde la galería Valenzuela y Klenner.
García define la propuesta como una necesidad expresiva, más que una nueva forma de hacer teatro. “Nunca hemos buscado nada por ser novedoso o resultar original. Esas cosas no calan profundamente, no te puedes fiar de lo aparente. A veces acertamos con la forma, a veces fallamos. Por el contrario, los que trabajan desde la forma, tienen el fracaso garantizado: sopla un aire y se cae el castillo de naipes”, afirma.
El dramaturgo, ausente en esta nueva versión de su creación, respondió desde España una serie de preguntas que finalizaban con la siguiente frase: “Si usted va a cortar alguna parte de mis respuestas, por favor: no publique la entrevista. No soporto la censura. Yo no cobré por hacer esto. Tengo derecho: o pone entero todo lo que le respondo o no ponga nada. Gracias”.


1. ¿Por qué hacer una obra que se desarrolle en diferentes escenarios?
Fue un encargo de un festival. Querían una obra y yo intenté aprovechar que el Festival tenía varios espacios. Me pedían una obra y yo intenté hacer algo así como una serie. En capítulos. Me gustaba la idea de serie, pero en teatro. Teníamos las referencias de Twin Peaks y antes de Berlin Aletxanderplatz de Fassbinder. Lo intentamos y no funcionaba. Era complejo hacer eso. De todas maneras busqué elementos en común que podían hacer de hilo conductor entre los monólogos. No conseguí contar una historia, fueron varias historias con algunos detalles que te hacían pensar que se trataba de una serie, pero realmente fui incapaz de contar una historia.


2. ¿Es esta una nueva propuesta de hacer teatro?
Es una necesidad expresiva. Nunca hemos buscado nada por ser novedoso o resultar original. Esas cosas no calan profundamente, no te puedes fiar de lo aparente. Expresamos conceptos. A veces acertamos con la forma, a veces fallamos. Por el contrario, los que trabajan desde la forma, tienen el fracaso garantizado: sopla un aire y se cae el castillo de naipes.


3. Según me han contado, usted prefiere trabajar con personas, mas no con personajes ¿A qué se debe esta preferencia?
El teatro es tan estúpido, arcaico, inútil, egocéntrico y simple que hay que derribarlo y, en los lugares fértiles que asoman entre los escombros, sembrar. Hablar de personas en lugar de personajes es una -entre tantas- de mis propuestas-semilla.


4. Cristina Rota, quien dirigió este montaje en España afirma que es una crítica a “la deshumanización de un mundo que predica la bondad” ¿Qué opinión le merece este comentario? ¿Esta era su intención cuando escribió los monólogos de la obra?
Nadie necesita que yo sea “su voz”. Escuchas la radio, ves la tele: todo son mensajes parecidos. Yo intento mostrar las cosas desde otros ángulos, menos usuales. ¿Es mala la prostitución infantil? Yo debo defender que es muy positiva, para la economía de los niños, etcétera. Tengo que argumentarlo, aunque no lo comparta. Eso hace rabiar al público. Y empieza el debate. Sabemos que muchos de los que enfurecen, tienen relaciones sexuales con menores. Pero enfurecen. Eso es interesante. Hablar de las cosas con simpleza. Y que la gente se asuste ante sus propias vergüenzas.


5. ¿Cómo cree que el público colombiano pueda interpretar esta propuesta teatral?
El teatro no significa nada. Y menos en un país donde se asesina con bastante naturalidad e impunidad. El teatro no es nada. Hay que arreglar asuntos más importantes. De educación, sanidad y sobre todo de distribución de la riqueza. Luego hacemos teatro, si quiere. Conseguir que la vida de un colombiano valga lo mismo que la de un francés es algo importante. ¿Por qué la vida de un colombiano vale mil veces menos? Porque los que gobiernan son corruptos. ¿Por qué son corruptos? Por la oligarquía y el negocio de las drogas y el peso del ejército y del clero . ¿De qué sirve el teatro? De nada. Primero hay que solucionar asuntos de vida y muerte. Si usted va a cortar alguna parte de mis respuestas, por favor: no publique la entrevista. No soporto la censura. Yo no cobré por hacer esto. Tengo derecho: o se pone entero todo lo que le respondo o no ponga nada. Gracias.

HABEROS QUEDADO EN CASA, CAPULLOS artículo en CAmbio


Una obra itinerante por cuatro lugares del barrio La Macarena es una propuesta que no puede perderse

Jimena Durán (en la foto) y Patricia Tamayo interpretan monólogos existenciales y casi absurdos. Foto: Fernando Ariza / Cambio

La combinación de un director de teatro español (Marc Caellas), que viene con los textos irreverentes de Rodrigo García, junto a Manolo Orjuela que innovó en su adaptación de Cartas de una desconocida con la idea del teatro a domicilio, produce esta curiosa obra de teatro -Haberos quedado en casa capullos- que acontece en cuatro escenarios distintos de La Macarena, en el centro de Bogotá. Inicia en el patio de la galería Valenzuela & Klenner con un monólogo por Jimena Durán. Los comentarios desquiciados de una joven a quien su hijita le juega detrás abren el panorama para una obra de humor negro. La joven diserta sobre el malestar que le produce reproducir las ideas de los otros, sin siquiera entenderlas, sin dudar. Se imagina qué sería de todos si un día al llegar al colegio a dejar a la niña, hubiera un evento tal que todos quedaran descabezados y el choque espantoso y sangriento de los cuerpos hiciera que todos terminaran con la cabeza equivocada, repitiendo ideas de los otros, ridículamente.
El recorrido sigue en el restaurante En Obra. En la barra, Patricia Tamayo levanta la voz en exceso, con claros síntomas de exceso de tragos. A su lado, alguien simplemente está inconsciente. En un delirio de licor expone el patetismo de su soledad, de su desastre de afectos, se ríe y sigue, lanzándole dardos a lo bueno y lo malo de todo, de todos. Concluye, eso sí, con la sabiduría popular de que mejor solo que mal acompañado.
Los espectadores, escoltados por un chico que lleva paraguas por si las moscas, siguen su camino hacia un edificio a dos cuadras al sur. En un segundo piso de un apartamento, el público está invitado a recargarse contra la ventana y a mirar hacia afuera. Aparece en la calle, un hombre (Carlos Gutiérrez) que echa un discurso sobre las palizas que recibe quien está en la calle, y que empeoran si no se es gobiernista...
Finalmente, en el mismo apartamento, un niño lee juiciosamente en la sala. Aparece su padre (Mario Duarte) quien le dice enfático que mañana no irá al colegio, que eso no lleva a nada bueno y con esas palabras sigue un monólogo en donde entremezcla sus recuerdos de niñez, su soberbia y su pragmatismo, en un discurso a la larga divertido sobre todo porque para el niño todo lo que divaga su padre lo tiene sin cuidado.
Todo es claramente incoherente, punzante y con algo de verdad sobre el absurdo de la vida. Queda una curiosa sensación de 'qué estuve haciendo acá', pero ese es justamente el éxito del experimento de monólogos, haber reunido a unas cuantas almas descarriadas que tal vez se identifican con algunas de las palabras y las soledades allí expuestas.

FICHA TÉCNICA'Haberos quedado en casa capullos'
Dirección: Marc Caellas y Manolo Orjuela
Basada en un texto de: Rodrigo García
Reparto: Jimena Durán y Valentina Monsalve, Patricia Tamayo, Carlos Gutiérrez, Mario Duarte y Martín Fernández.
Sábados y domingos, 5 p.m., Cra 5 No. 26-28.
En la página web de Cambio

Sunday, October 14, 2007

25 AÑOS MENOS UN DÍA por Alberto Soria



EL UNIFORME
Como íbamos a participar en una obra de teatro, nos mandaron al fotógrafo Nelson Garrido y a un servidor, a comprar los uniformes. La idea fue de Marc Caellas, escritor y promotor cultural catalán. El año pasado dirigió en Caracas “La Cena”, y ahora “25 años menos un día” de Antonio Álamo. Como Álamo escribió también “La oreja izquierda de Van Gogh”, y ha ganado sopotocientos premios, estábamos entusiasmados imaginando las reseñas y fotos en Sociales, donde íbamos a destacar por los uniformes.
Primero fuimos a un sitio especializado en uniformes de cocineros. “Talla XL no hay” gritó alguien tan pronto transpusimos la puerta. “Ya no se fabrican sino ese, medium y papeado” nos explicó un vendedor veterano más amable, experto en tallas. La revolución de la delgadez, si en algún sitio ha triunfado a golpe de prometer pantalla y pasarela, ha sido en la cocina.
¿Los señores trabajan en la televisión? nos preguntaron en el lujoso local de uniformes para chefs del super centro comercial. “¡Ajá con que se nota¡” dijimos. Lo que se notaba –nos enteramos después- era que de cocinar no vivíamos.
El problema fue el color. Resulta que el blanco está en retirada. Ahora que el cocinar es más cercano a Picasso, que a un estofado, los códigos y ritos han cambiado. Cualquier color en el uniforme vale. Cualquiera escoge los colores de los botones. En el pasado, el blanco impecable del uniforme estaba unido a la noción de higiene y pulcritud, y el color de los botones a las jerarquías en la cocina. Eso ya no va.
El gorro tradicional (la toque, en francés) ha sido sustituido por cosas más prácticas y personales: Pañoletas de firma –al estilo pirata– cachuchas de pelotero, gorras deportivas y sombreros.
Y el delantal (le tablier, en la profesión), ya no es blanco. Puede ser negro, rojo, amarillo, verde, vino tinto, marrón, azul, y de blue-jeans. Al estilo de los pilotos de fórmula 1, todo tipo de logos, banderas y emblemas pueden ser pegados en cuanto espacio disponible exista.
Antes en la cocina, el derecho a usar los colores de la bandera nacional en el cuello del uniforme era un galardón que se ganaba después de muchos concursos. Ahora uno puede pegarse la bandera propia, la de la novia y la que más le guste para pantallar, sin tener que pedirle permiso a nadie.
Que en la cocina el uniforme ya no es eso, lo verificamos fácil esta semana. En la televisión colombiana, un conocido periodista talla 3 XL, entrevista a sus invitados disfrazado de chef. Su chaqueta es amarillo fuego, o verde cacatúa. Hasta el entrevistado más espectacular luce opacado.
En Dublín, durante el desarrollo del 32º congreso bienal de la WACS (Asociación mundial de las sociedades de cocineros) Nueva Zelanda sacudió a la convención presentándose vestida de riguroso negro. En el mar blanco inmaculado de las delegaciones de cocineros del mundo –cuenta el maestro Matteo Gaffoglio– los blancos chefs de Nueva Zelanda uniformados de negro y con emblemas, eran como una mancha. Le llevamos al director Caellas unos uniformes rojo sangre, escogidos por Garrido que es especialista en rojos. Fue un fracaso. Ahora andamos buscando obra en la cual debutar.
Alberto Soria